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lunes, 16 de junio de 2014

Ser o No Ser (demócrata)

Esta es la cuestión...
Toda decisión (sea multiopción —en el caso que nos ocupa, una mesa en un colegio electoral llena de papeletas distintas—, un obvio referéndum o el menos obvio 2 + 2, que se otea en el horizonte para Noviembre), en último término se reduce a dos. Y la aceptación de una de ellas implica el rechazo de la finalista, por descarte de las demás. En resumen, aceptar es rechazar, y cuando te lo dan resuelto (en forma de sí o no) es de agradecer. Por lo tanto, ante una decisión, siempre nos encontramos frente a un dilema. Pero no siempre es tan fácil. No todo es como elegir entre blanco y negro o un perfume entre muchos. Imaginemos tener que elegir entre ser demócrata y no serlo. Así, sin adjetivos ni matizaciones. Imaginemos también que, en un momento dado, esta elección se hace necesaria y que, cuando se te exige (o te la exiges tú mismo, por coherencia), resulta que crees que ya lo eres. Nos encontramos entonces frente a un dilema existencial complejo, casi hamletiano. En especial, si tu decisión puede ser interpretada de forma simplista con un «no decir sí es decir no». Y en estas estamos. Pienso en que conviene huir como de la peste de dilemas tan genéricos, pero en ocasiones, no resulta fácil. Sobre todo si te metes en el charco de cuatro patas. 

Recientemente, en el fragor de un debate político promovido por mí, con un objetivo pretendidamente inocuo, fundamentalmente descriptivo y declaradamente no polémico, consistente en publicar mi interpretación sobre un manifiesto aquejado de discrepancia aguda, con la ingenua pretensión de contrastar con otras interpretaciones y consensuar un término o concepto capaz de resumir la esencia del documento, vi rebatida mi interpretación y rechazada mi propuesta («representatividad») frente a la todopoderosa e imbatible madre de todos los conceptos políticos («democracia»). Y ahí terminó todo (1). A ver quién es el valiente que presenta oposición. Nadie. En mi opinión, esta extrema simplificación había abortado el debate.

Menudo dilema. Porque discrepo y a la vez, estoy de acuerdo. Y con ello entro en crisis total, porque esta situación me ha llevado a aceptar una cosa y la contraria simultáneamente, algo que me identifica con la clase política más extendida, la “normal” (2). Con algo que yo siempre había criticado: la superposición de estados, la política cuántica. Pero no acaban aquí los dilemas complejos. Dejemos el plano personal y veamos si el caso tratado puede estar inspirado por las peculiares características (3) del partido. Porque peculiares lo son un rato. Pasemos pues al plano colectivo.

Y para ello me concentraré en el fin último declarado textualmente en el manifiesto de marras: la autodisolución. O sea, que estamos hablando de un partido (4) que, a diferencia de TODOS los demás, no quiere perdurar, quiere desaparecer. Y esta finalista y terminal peculiaridad puede que, en lugar de facilitar el consenso –que sería lo lógico–, lo complique. Porque esta especie de igualación a cero matemática es el resultado de otro complejo dilema existencial, por el que el partido desea –también simultáneamente– dos cosas rotundamente opuestas e imposibles de conseguir: a) el máximo de votos y b) que la totalidad de los votantes (5) voten a otros y, en consecuencia, no le vote nadie. ¿Esquizofrenia? ¿Paranoia? ¿Trastorno de identidad disociativa? Pues no, utopía, generosidad y altruismo en grado extremo. Un proyecto único, encomiable y ejemplar que por su valor intrínseco debería ser suficiente para cohesionar y asegurar la unidad de propósito de toda la organización (6). Y, lamentablemente, parece que no es así. 

Resulta paradójico que un racionalista extremo, crítico impenitente de la inconsistencia, tenga que aceptar que se siente cómodo y que comulga de forma ciega con la madre de todas las inconsistencias, representada por la coexistencia de dos objetivos contrapuestos. A pesar de ello, no es preciso ahondar mucho en "los papeles" (7) para reconocer su implícita y potente consistencia, su transversalidad, su fuerza conceptual y la coherencia de su mensaje, características todas ellas que hacen superflua toda referencia explícita al término, toda exigencia de afirmación democrática. Porque, en mi opinión, utilizar este término (8) como banderín de enganche o como arma arrojadiza, lo devalúa, lo banaliza y lo desgasta por el uso.

Esto es por esto por lo que declaro que «yo no quiero ser demócrata, porque ya lo soy». Y no se trata de andar pregonándolo continuamente. Con dar ejemplo, es suficiente. Y con pertenecer a una organización única y ejemplar, también.

Y, por una vez y sin que sirva de precedente, hoy, la Calidad y la Excelencia están presentes. Respecto a la Política actual, por el exotismo y peculiaridad de la propuesta, no estoy seguro de poder encuadrar el artículo en esta categoría. Dejémoslo en una expectativa
 
Notas:
  1. La verdad es que tampoco había grandes aglomeraciones.
  2. Aquí, la “normalidad” debe verse en su sentido estadístico. No todos son así.
  3. característica: rasgo diferenciador.
  4. Para quien no lo haya descifrado, se trata de Escaños en Blanco.
  5. Es decir, los que votan. 
  6. Si no se le quiere llamar partido, no es lo sustantivo. Ya me vale.
  7. De hecho, debería ser suficiente con las 560 palabras del manifiesto citado.
  8. Así, en abstracto, sin adjetivar.

miércoles, 11 de junio de 2014

Podemos: mucho Qué, poco Cómo.

o Humo, mucho humo...

«Todos nos dicen qué hacer, pero pocos nos dicen cómo»

Transcribo aquí parte del artículo “Pasotismo: el Qué y el Cómo” publicado en mi blog de ética personal el 11 de mayo de 2013, el cual, pese a no estar directamente dirigido a “los políticos”, les dedicaba parte de la atención.
Pero, más allá de su enorme diversidad, en todos ellos subyace un denominador común que nos indica, exclusivamente, el «qué hacer». Como una pequeña muestra: proclamar la república, abolir la monarquía, conseguir la independencia, cambiar el gobierno, fomentar el crecimiento, la dación en pago, expropiar la banca, expropiar las viviendas vacías, no devolver la deuda, no despedir, no retrasar la jubilación, no reducir las pensiones, no cerrar consultas ni hospitales, no (co)pagar medicamentos, no reducir el gasto educativo, no frustrar a los estudiantes desaventajados –eufemismo que encierra múltiples significados–, no repetir cursos, no aumentar los impuestos (o subirlos), no practicar la violencia de género, no vulnerar los derechos humanos, no maltratar a los animales, no destruir el medio ambiente, no limitar la libertad, no robar, no matar, no masacrar, no, no, no...
Pero todo esto, ¿cómo se hace? ¡Ah!, amigo mío, esto es otra cosa. Parece que de lo que se trata, lo que se nos pide, es tirarnos a la piscina sin agua, suscribir el qué sin importar el cómo, al modo de los niños (1), esos locos bajitos, con pataleta incluida. Y quien no suscribe ciegamente el qué, es acusado de pasotismo y también demonizado por esta cohorte ejemplarizante que parece ostentar el monopolio de los derechos humanos y del bien-pensar universal.
Viene esto a cuento de la actualidad más rigurosa, tanto en el plano personal (el de la ética) como en el colectivo (el de la política), sumido yo, como pequeño miembro de ese colectivo, en la perplejidad más absoluta y la clase política en general en una reformulación de sus tácticas (2) motivada por el resultado de las elecciones europeas, que se puede resumir en fracasos generalizados, batacazo al bipartidismo y aparición de una fuerza emergente que es la que da título a esta entrada. Vamos, una revolución en el gallinero.

Y como aquí de lo que tratamos es de Calidad y Excelencia Política, podríamos decir que «nos lo han puesto a huevo». 

Siempre he tratado la política asimilándola a la gestión empresarial, contexto en el que los políticos juegan el papel de proveedores y los electores el de clientes. Y en este contexto, el producto viene representado por el programa. No me voy a repetir aquí, pero, del mismo modo que, a menos que te lo regalen, nadie —bueno, casi nadie— compra un burro sin mirarle los dientes, todos —bueno, casi todos— compran un programa electoral sin hacerlo. Metáforas aparte, en mi opinión, casi nadie se lee los programas de los partidos a los que vota. En el mejor de los casos, se vota con el corazón, no con el cerebro. Y así nos va. Nos quedamos en el envoltorio, en una cara, en unas palabras bonitas, en promesas y en humo, mucho humo. Nadie desenvuelve el paquete. Nos quedamos en el qué, sin importarnos el cómo. Y si el envoltorio nos gusta, el colmo de la satisfacción es meterle el dedo en el ojo al poder, ahora calificado sin ambages de «casta», practicando el zapping electoral apretando el nuevo botoncito que nos han puesto (ellos, no nosotros) en el mando.

Y como no se trata de extenderse demasiado, voy a desenvolver un poco el programa de la fuerza emergente, Podemos, que con 1.200.000 votos se posiciona como cuarta fuerza política española en el Parlamento Europeo, y a la que determinados sondeos le vaticinan un sonado éxito en las generales. Y digo un poco porque el documento tiene 40 páginas, aunque, hay que reconocerlo, bien estructurado, con índice y todo, de tal forma que permite abordarlo por puntos concretos. Este es el Índice:
  1. Recuperar la economía, construir la democracia
  2. Conquistar la libertad, construir la democracia
  3. Conquistar la igualdad, construir la democracia
  4. Recuperar la fraternidad, construir la democracia
  5. Conquistar la soberanía, construir la democracia
  6. Recuperar la tierra, construir la democracia
Todo un primor (la negrita es de ellos). Todo un catálogo de qués, suscribible por todos y cada uno de nosotros, porque me pregunto: ¿quién no quiere recuperar la economía, conquistar la libertad, conquistar la igualdad, recuperar la fraternidad, conquistar la soberanía, recuperar la tierra y, como buen mantra recurrente, construir la democracia? Solo le pondré un pero estético: echo en falta las mayúsculas, y, no menos importante, falta la negrita en «democracia». Pero no nos quedemos aquí, ahondemos un poco (3) y busquemos cómos:

1 – Recuperar la economía: creación de empleo «decente» (4), reducción de la jornada laboral a 35 horas, reducción de la edad de jubilación a 60 años, redistribuir «equitativamente» el trabajo y la riqueza, prohibición de despidos en empresas con beneficios, establecer mecanismos para combatir la precarización del empleo, incremento significativo del salario mínimo interprofesional, derecho a disfrutar de una pensión pública que garantice una vida decente,...

2 – Conquistar la libertad: Ampliación y extensión de la figura del referéndum vinculante, también para todas las decisiones sobre la forma de Estado y las relaciones a mantener entre los distintos pueblos si solicitaran el derecho de autodeterminación, democratización de todas las instituciones, incluida la jefatura de los Estados (5), priorizar la adjudicación de la gestión y ejecución de obras y políticas públicas a empresas locales, limitación de la adjudicación de la gestión y ejecución de políticas públicas a grandes empresas, acceso en condiciones de igualdad a los medios de comunicación públicos y privados de todas las candidaturas que concurran a elecciones, auditoria pública y efectiva de la financiación de los partidos políticos (6),…

3 – Conquistar la igualdad: Aumento de plantilla en la sanidad pública, prohibición explícita del copago sanitario y farmacéutico, puesta en marcha de medidas orientadas a garantizar la gratuidad del material escolar de todos los niños y niñas de la Unión en instituciones educativas de ámbito público, aumento de las ayudas públicas para estudiantes con dificultades económicas, limitación de las tasas universitarias, elevar un 200% en 10 años la financiación pública para la investigación en todos sus niveles, despenalización de la ocupación por parte de familias o personas en situación de vulnerabilidad o sin techo de viviendas vacías pertenecientes a bancos y cajas intervenidos o rescatados, o de viviendas vacías durante más de un año de inmobiliarias y promotoras,...

4 – Recuperar la fraternidad: Prohibición de los CIES, anulación de los programas contra la inmigración, FRONTEX y EUROSUR, fin de la llamada "Directiva de la vergüenza", eliminación de las vallas fronterizas anti-persona y del SIVE, fin de la política de externalización de fronteras, derecho a tener derechos (7), libre circulación y elección de país de residencia y regularización y garantía de plenos derechos para todas las personas residentes en suelo europeo, sin distinción de nacionalidad, etnia o religión, con o “sin papeles” (8), impulso de la armonización salarial europea con el criterio de convergencia con los países con niveles de remuneración más altos (9),...

5 – Conquistar la soberanía: Derogación del Tratado de Lisboa, las grandes decisiones macroeconómicas han de ser precedidas de un debate público real y referéndums vinculantes, inclusión en el Tratado de Lisboa (10) de la necesidad de ratificación democrática con participación popular efectiva para los cambios que afecten a las Constituciones de los países miembros, creación de mecanismos de control democrático y medidas anticorrupción (6),

6 – Recuperar la tierra: Impulso del necesario decrecimiento en el uso de energías fósiles y materiales, precios del agua urbana progresivos que garanticen el derecho al agua para todos y penalicen el consumo excesivo, regulación de los productos transgénicos por entidades independientes de intereses comerciales, acabar con la contaminación y el riesgo de cambio climático (11), cierre programado de las centrales de gas y de carbón, prohibición del fracking, prioridad al transporte basado en la motricidad eléctrica sobre los derivados del petróleo,...

Pues bien, lo extractado es un ejemplo típico de la exagerada utilización del qué en los programas electorales. Por descontado, el documento incluye cómos, y muchos, pero esto no invalida la prevención que debería sentir un elector ante un programa (o todos) de este tipo. Y aun así, si lo lee, y decide darle un margen de confianza, bien está. Pero el verdadero problema, el que se sitúa en la  base de la frustración y el descontento de la ciudadanía es no leer —no hacerlo o hacerlo sin sentido crítico— los programas. No inspeccionar el producto antes de comprarlo. Porque al no leerlo, al no juzgarlo, al no criticarlo, limitamos nuestras opciones, lo que es lo mismo que decir que limitamos nuestra libertad de elección —y lo que es más importante, de no-elección— y abjuramos de nuestra responsabilidad, si bien nada nos impedirá ejercerla a posteriori —normalmente, fuera de las urnas— si los resultados de nuestra irreflexiva elección no nos satisfacen.

Por lo tanto, no me gustan los qués sin los cómos. Porque como todo, un programa electoral, al igual que los objetivos o fines de un partido político, es el resultado de un proceso, en el que la primera fase es definir lo que se quiere (el qué), y la segunda fase, y final, debe ser el cómo: cómo se piensa conseguir el objetivo. Y el escamoteo de este segundo requisito marca la abismal diferencia existente entre la teoría y la práctica. Por lo tanto, un qué sin un cómo no es un producto. Por lo menos, no es un producto acabado. Es un proyecto pendiente de definición. En definitiva, una piscina sin contenido, sin agua. No es que su Calidad sea baja, es que es cero, no tiene. Y de la Excelencia, de nuevo, ni hablar.

Notas:
  1. Que todo lo quieren, sin importarles el cómo (esta nota no aparece en el texto original).
  2. Que no estrategias, porque no se miran más allá del ombligo, es decir, de las próximas elecciones.
  3. Ni que decir tiene, que este ahondamiento es tremendamente selectivo, consecuentemente subjetivo, centrado, no exhaustivamente, en lo que me parece más relevante para el objeto del artículo: la omisión o la extraordinaria dificultad del cómo. En resumen, las ausencias no representan juicio de valor alguno respecto a su formulación en el documento.
  4. Lo que me sugiere esto, dicho así, sin más, no quedaría bien aquí.
  5. Ésta resulta particularmente «buenista».
  6. Chapeau. En este caso no es preciso decir cómo. Simplemente hay que hacerlo. Veremos si cuando alzan el vuelo empiezan por ellos mismos.
  7. Todo un hallazgo.
  8. ????
  9. Pues claro.
  10. Pero ¿no pretenden derogarlo?
  11. En honor de la verdad, aquí se mojan.

jueves, 5 de junio de 2014

Representatividad y Asepsia

¿Quién me representa? ¿Vale realmente la pena?
Me va a resultar francamente difícil empezar esta entrada sin una mínima referencia al período de silencio (casi tres meses), cuyas causas tienen mucho que ver con el tema de hoy. Pero, por ahora, será suficiente justificar el mismo con un notable aumento de actividad en el ámbito político que ha monopolizado prácticamente mis recursos físicos y mentales hasta el punto de esterilizar mi natural querencia a la escritura, vista como el resultado de un proceso creativo por excelencia, cuya primera y agradecida fase es pensar. Por lo tanto, puedo asegurar que la tarea en la que estoy —todavía— metido, ha sido —y es— tan gratificante y absorbente que no lo he echado de menos. Y me refiero tanto a pensar en política como a escribir sobre ella.

Se preguntarán (yo lo he hecho) qué es lo que ha llevado a un escéptico político redomado, ferviente defensor de la inacción activa, a involucrarse en un proyecto político hasta el punto de olvidar su cita periódica con la pluma y papel virtuales. La respuesta es simple: Encontré —o creí haber encontrado— la piedra filosofal, la respuesta a todas mis inquietudes, la recuperación de la confianza en la política, la confirmación de que no todo estaba perdido, que existía esperanza de cambio, de regeneración o, por lo menos, que existía una percha, un banderín de enganche para los desencantados como yo, donde un grupo de personas —pronto verifiqué que muy reducido, casi una élite— luchaba desinteresadamente por conseguir un objetivo clave en cualquier sistema democrático de calidad: la representatividad. Porque la representatividad siempre ha sido, para mí, el concepto que se encuentra en la cúspide jerárquica de la democracia. Pero ya es momento de abandonar las referencias personales (la ética) y centrarme en la vertiente colectiva (la política).

Siguiendo con mi costumbre de generalizar y no personalizar, me abstendré de transcribir el nombre de la organización política que, en forma de partido, ha absorbido buena parte de mi tiempo libre, aunque, a pesar de su escasa implantación en el mercado político, no será difícil su identificación.

Su objeto es simple: brindar a la ciudadanía huérfana de representación política una vía para visibilizar su descontento mediante su voto y su posterior materialización en algo tan concreto y físico como un escaño vacío en las instituciones. La quintaesencia para un racionalista. Adicionalmente, como consecuencia de no ocupar el escaño, ni el elegido ni el partido cobrará sueldo ni subvención alguna. Y la guinda del pastel es que, una vez conseguido que la Ley Electoral garantice la representatividad del voto en blanco, el partido ¡se autodisolverá! (como en Misión Imposible)1. Para mí, todo un descubrimiento. Pues bien, basta de preámbulos. Vayamos al título.

Representatividad:
Este es un concepto capital. En este blog siempre he defendido que los políticos son nuestros representantes, en los que hemos delegado la gestión de la cosa pública, especialmente a través de nuestros impuestos. Para esto los votamos. No es momento de entrar en más profundidades respecto a si votamos partidos o personas físicas. En cualquier caso, en el estado actual de la cosa, resulta secundario. Votando a un partido, delegamos en él y en sus políticos nuestra representación. En terminología empresarial, los políticos son los proveedores y los electores los clientes. Y los clientes, además de siempre tener razón, deben estar satisfechos. Y el enorme déficit de nuestro sistema es, precisamente, la falta de representatividad de los insatisfechos, a los que sólo les queda la abstención, el voto nulo o el voto en blanco como forma de expresión de su posición crítica, acciones sin consecuencia alguna y, por descontado, ausentes de toda representatividad formal. Esto determina la exclusión del sistema de una significativa parte de la ciudadania que en las recientes elecciones europeas, ha superado la mitad del censo (52,87%). Por lo tanto, la crisis es de representatividad y corregir este déficit representa una prioridad total. De ahí mi sintonía con el proyecto. Pero hay más.

Asepsia(2):
Para una mentalidad analítica, que gusta de hacer las cosas una detrás de otra, en secuencia, resulta absolutamente fundamental establecer una escala de prioridades que determine el orden de actuación. Y ya hemos establecido como primordial la representatividad. Nada hay más ineficaz y, por ende, más ineficiente que la dispersión de esfuerzos en una estéril multitarea que como pollo sin cabeza vaga sin rumbo entre complejidades conceptuales que sólo impresionan a la galería y satisfacen el ego del sujeto político de turno. Por esto, para mí, el discurso político debe ser aséptico, libre de toda contaminación que le aleje del objetivo principal: la representatividad. Y para esto, el discurso debe ser entendible y comprensible, destilado y concentrado en la esencia de lo que se pretende. Y contra más evidente, concreto, material y físico sea al objetivo, mejor. ¿Qué puede haber más concreto que un escaño vacío
Haciendo uso de la definición, procede ejecutar «un conjunto de procedimientos científicos destinados a preservar de gérmenes infecciosos el organismo...», organismo político, añado, es decir, el partido. Y estos gérmenes —como lamentablemente he podido observar desde dentro— son la pérdida de perspectiva y el deseo de extender las actividades más allá de la simple y, paradójicamente, compleja exigencia de representatividad, pudiendo dar al traste con todo el proyecto. Los grandes conceptos arrastran con ellos la indeseada y onmipresente incertidumbre del lenguaje, potentísima barrera para la comunicación y el entendimiento. ¿Qué quiere decir exactamente mejorar «la democracia»? ¿No querremos decir mejorar «a los demócratas»? O, incluso...¿mejorar a «la sociedad»? ¿Quienes somos nosotros para arrogarnos tan grandilocuentes y confusas metas? ¿Porqué no concentrarse en una sola tarea: conseguir la representatividad?

Se olvida que la sociedad es como es —no como nos gustaría que fuera— y que, una vez cumplido el hipotético —y utópico, con perdón— objetivo de representatividad plena, la sociedad tendrá la oportunidad de elegir con libertad cualquier opción, y que, entonces, la praxis política será un reflejo fiel de la ciudadanía, la cual, a fin de cuentas, en democracia, ha sido, es y será soberana. Y cuando esto suceda, a disolverse y quien tenga vocación política, que la ejerza desde su puesto. Y si la vocación resulta insostenible, no será por falta de otros partidos con manifiestos, programas y estatutos mucho más complejos y profundos que éste (no sé si tan auténticos).

Conclusión:
El descubrimiento de un partido con un objetivo concreto, físico, único, claro, mensurable, asumible por cualquiera e ideológicamente transversal, que coincidía al 100% con mi análisis del sistema político y su déficit fundamental, representó todo un shock, lo que me llevó a abandonar mi escepticismo e involucrarme en el proyecto, a sabiendas de la dificultad intrínseca, pero feliz de no encontrarme solo en el empeño. Y la verdad es que ha sido gratificante, en especial, la calidad y el compromiso de las personas que he conocido. Pero el mismo hecho de haber encontrado tiempo para pensar y escribir este artículo no me parece buen síntoma. Recientemente, con motivo de un debate sobre la posición formal del partido frente a cuatro conceptos con mayúscula (Abdicación, Referéndum, Monarquía, República), he apreciado una cierta crisis de identidad que me ha hecho sentir profundamente incómodo, asistiendo a reiterativas discusiones conceptuales que no conducen a nada y que diluyen el concentrado al que me refería anteriormente: la representatividad. Quizá todo sea problema mío, y no haya sido capaz de entender y comprender el manifiesto y el programa, pero no lo creo. En todo caso, esto parece ser extensivo a muchos miembros. Siempre he mantenido que «la calidad de una proposición es inversamente proporcional al número de interpretaciones que admite». Y para mí, el manifiesto es de extraordinaria calidad. Es más, lo calificaré de excelente. Y el problema es que, cuando abandonamos la compleja simplicidad del escaño vacío, salen a la luz las diferencias ideológicas y culturales, incluso éticas, cuya privacidad era (3) uno de los mayores valores del colectivo y, por extensión, del proyecto. 

Y con esto, desaparece la Calidad y la Excelencia y triunfa la Política. Pero no la que deseo (deseamos), sino la que tanto he (hemos) denostado. Esperemos alguna vacuna. Seguiremos informando (4)

 Notas:
1. Espero que esto no sea premonitorio
2. asepsia (RAE).
(Del fr. asepsie).
  1. f. Med. Ausencia de materia séptica, estado libre de infección.
  2. f. Med. Conjunto de procedimientos científicos destinados a preservar de gérmenes infecciosos el organismo, aplicados principalmente a la esterilización del material quirúrgico.
3. Tiempo verbal en pasado.
4. Esta entrada puede leerse tanto en clave interna (compañeros del partido) como externa. En este último caso, puede ser ilustrativa de la situación en que se encuentra lo que pudiera ser el último reducto de autenticidad de un pequeño elemento atípico aquejado de fiebre en riesgo de ser reabsorbido y metabolizado por el sistema.

domingo, 16 de marzo de 2014

Corrupción «de bolsillo»

«La calidad de una proposición es inversamente proporcional al número de interpretaciones que admite». 

Corrupción potencialmente punible
(no indultable, según el ministro).
El ministro de Justicia, en un momento en el que los casos de corrupción están en el punto de mira de la sociedad, se engorda  la lista de políticos imputados, ante sonadas peticiones de indulto, tras asegurar textualmente (1) en una conferencia en Barcelona que «el Gobierno no ha concedido un solo indulto por un delito de corrupción y mientras sea yo ministro no los va a conceder», se vio forzado el día siguiente a puntualizar que se refería específicamente a «ningún político que se haya llevado el dinero a su bolsillo».

Estos son los hechos que han inspirado esta entrada. Pero no me voy a dedicar al fondo de la cuestión, es decir, a si es más o menos cierta la lapidaria, rotunda y absolutista afirmación pública de «no haber concedido un solo indulto...», ni a entrar a discutir el significado normativo (2) o coloquial del término «corrupción», temas a los que los políticos, medios y tertulianos profesionales ya les han dedicado exhaustiva atención (3). A lo que me voy a dedicar es a criticar la forma, no lo que se ha dicho, sino quién, cómo, dónde y porqué se ha dicho lo que se ha dicho, habida cuenta de que el quién es todo un ministro de Justicia y los dónde son toda una facultad de Derecho (afirmación) y el Congreso de los Diputados (puntualización). Y esta triple circunstancia, en mi opinión, es la que le concede una especial categoría.

Respecto a la primera frase (la afirmación), aceptando y concediéndole al ministro todo el derecho a presumir, sólo me permitiré calificarla de arriesgada, debido fundamentalmente a la incertidumbre inherente que subyace en el término, a pesar de su formal escapatoria basada en el irreprochable —por cierto— argumento de que el delito de corrupción «no existe» o, en sus propias palabras, «no es un delito jurídico que esté como tal delimitado en el Código Penal» (4). Es decir, evacuar una afirmación tan rotunda y pretendidamente indiscutible, apoyada en una triquiñuela formal parece más propia de un trilero (5) que de un ministro de Justicia.

Pero lo que realmente me subleva es la segunda frase (la puntualización), en especial la utilización de los términos «dinero» y «bolsillo» y la duda que me asalta en cuanto a si se han pronunciado en sentido metafórico o real. Porque, a la luz de la experiencia anterior, todo es posible. En cualquier caso, la situación la podemos replantear de la siguiente forma:

El ministro de Justicia afirma que no va a conceder ningún indulto a ningún político que «se haya llevado el dinero a su bolsillo». De lo que se desprende —y nadie lo podrá negar— que el ministro de Justicia podrá conceder el indulto a políticos que «no se hayan llevado el dinero a su bolsillo». Es decir, quedan excluidas propiedades inmobiliarias, cuentas en Suiza, dinero bajo la baldosa o el colchón (ha trascendido que algún sindicalista encausado lo guardaba allí), trajes de Armani, bolsos de Vuitton, relojes Rolex, bolsillos ajenos y cualquier cantidad que no quepa en sus propios bolsillos (el plural lo pongo yo), lo que reduce el objeto del delito a simple calderilla.

Ni que decir tiene que el tratamiento festivo únicamente pretende plasmar de forma grotesca la superficialidad con la que muchos de nuestros políticos emplean el lenguaje, tanto de forma inadvertida —por ignorancia o incompetencia— o premeditada —por perversión o intereses bastardos—, superficialidad que, en ambos casos, es criticable y exponente de la baja calidad y excelencia de quienes caen en defectos o excesos de esta índole.

Volviendo al título: corrupción minimalista, «de bolsillo», simple calderilla (Gallardón dixit).

Notas:
1  En lenguaje coloquial: «sacando pecho».
2 – Corrupción (RAE): 4. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.
3 – Quien desee profundizar en estos temas y asistir a las declaraciones del interfecto puede consultar este enlace.
4 – Aquí no se me ocurre otra cosa que decir... ¡pues a ver si lo delimitan!
5 – Trile (RAE): 1. Juego callejero de apuestas fraudulentas que consiste en adivinar en qué lugar de tres posibles se encuentra una pieza manipulada.

sábado, 8 de marzo de 2014

Formas Impúdicas

Ayer, tenía bastante claro que ganas, lo que se dice ganas, de escribir sobre política, la verdad es que no muchas. Pero la realidad es que las ganas de escribir, en genérico, priman sobre lo escrito. Y uno debe ser coherente con la servidumbre autoimpuesta de alimentar razonablemente un blog sobre política, blog que en su irregular y accidentado devenir ha dejado por el camino muchas de las expectativas que había depositado en él, en especial la exploración de su relación con la Filosofía, digna disciplina que he decidido no merece ser contaminada con la baja calidad y la nula excelencia que nos transmiten nuestros políticos. El lector podrá preguntarse entonces porqué mantener abierto un frente —en su acepción combativa— con un tema tan desmotivante. Pues resulta que, a pesar de ello, me interesa la política, vista como la proyección de la ética personal al ámbito colectivo, como una omnipresente influencia a la que, a pesar de la creciente desafección que despierta entre los «gobernados» —clientes políticos, en nuestra terminología—, no nos podemos sustraer, influencia que condiciona y afecta a todas nuestras actividades. Y este interés, que podría calificarse de morboso, es el que me hace reflexionar y publicar, con mayor o menor frecuencia, estas reflexiones.

Rajoy, al fondo, en sus cosas.
Y resulta que anoche, sumido en esta incertidumbre, saturado de temas puntuales que merecerían atención crítica —destructiva, por supuesto—, inmunizado por esta avalancha de hechos que me impedía categorizar y seleccionar uno de ellos, decidido ya a dedicar el sábado a la dulce y gratificante lectura, hace su aparición en el informativo televisivo el rostro de Bono —no el ex-político, sino el cantante de U2—, tocado con su personal e intransferible look, parapetado tras un atril en el Congreso Popular Europeo en Dublín, haciendo un panegírico de Rajoy, reclamando atención, turistas e inversiones para España y apuntando la posibilidad de que U2 dedique su atención —no aclaró si parcial o plena— al... ¡¡¡flamenco!!! Pero no es a esta estrafalaria irrupción, en fondo y forma, del músico en la política a la que voy a dedicar la atención de hoy (de hecho, existe un cierto paralelismo teórico y formal entre la promoción de un partido «de derechas» y la promoción de bolsos de Louis Vuitton), sino a las formas exhibidas por el auditorio, o, mejor dicho, mostradas por el corte elegido para la noticia. Y me voy a referir a estas formas en comparación con las que nos presentan los medios prácticamente todos los fines de semana informando de las perpetuas reuniones congresuales y asamblearias de nuestros Partidos políticos, repartidas por toda la geografía nacional y autonómica, por supuesto.

Por descontado, puede que lo que voy a permitirme criticar de nuestros Partidos también se haya dado en Dublín y no nos lo hayan mostrado, pero lo dudo. La verdad es que las imágenes mostraban un auditorio atento y cincunspecto durante las intervenciones (incluida la de Bono, lo que es toda una proeza) y comedido en el aplauso, formas que recuerdo también similares a otras reuniones políticas ya no europeas sino locales (me vienen a la memoria congresos políticos en Alemania o en el Reino Unido). Nada que ver con los espectáculos con que nos obsequia nuestra clase política dentro de nuestras fronteras.

Aún sentado... qué éxito.
No voy a particularizar, entran en esta categoría tanto las reuniones «privadas» (Congresos, Comités, etc. de Partido) como «públicas» (Plenos, debates, etc. del Congreso o Senado). En todas ellas tanto los asistentes como el propio Partido presentan unas formas que me atreveré a calificar como impúdicas, un espectáculo de exhibicionismo político que no alimenta otra cosa que el rechazo de los perplejos espectadores. Esta impudicia se manifiesta de forma especial —o así nos lo muestran los medios— en la forma con que se premian las intervenciones, en particular las de líder, consistente en la puesta en pie de todos los asistentes, una cerrada ovación, un exagerado palmeo y el seguimiento con la mirada del sujeto hasta su llegada de vuelta a su silla (en el caso de las Cámaras, sillón) y su repetida y falsamente humilde solicitud de dar por finalizada la pleitesía. A este respecto no puedo olvidar la arrebolada mirada y la sumisa reverencia con la que Soraya Rodríguez, portavoz de PSOE en el Congreso, siguió a Rubalcaba hasta que llegó a su lado tras finalizar su discurso en el reciente Debate sobre el Estado de la Nación (1).

¿Y porqué califico estas formas como (políticamente) impúdicas (2)? Pues con la que está cayendo, parece mentira que no se ruboricen ni sientan el menor recato en presentarse de esta forma repetidamente ante sus representados, habitualmente en mastodónticos palacios de congresos o locales exhuberantemente decorados e iluminados, pagados con nuestros impuestos, aplaudiéndose a ellos mismos, hablando de sus cosas, generalmente incomprensibles para los representados —incluso, para muchos de los presentes—, refiriéndose, cuando deciden dedicarnos atención, a lo mal que lo hacen los adversarios, en lugar de proponer acciones y soluciones reales a los problemas reales que nos atenazan, gran parte de los cuales se ven agravados por su sectaria y partidista actuación alejada de todo planteamiento políticamente transversal a medio y largo plazo.

Y a este impúdico espectáculo de despilfarro y autobombo es al que asistimos cotidianamente en los noticiarios televisivos. De acuerdo en que son las formas, que son sólo apariencias, que debemos centrarnos en el fondo de la cuestión. Que no hay que confundir continente con contenido, que una cosa son las sardinas y otra la lata, que el envase no es el producto, que el hábito no hace al monje, y así podríamos seguir hasta el infinito, porque todo esto es cierto. Excepto, en mi opinión, en política. Porque en política, fondo y forma se confunden. Y si la formas son impúdicas, el fondo también. 

Nada les impediría —no creo que le restase eficacia al acto— reunirse en locales menos ostentosos, aplaudirse menos, dejar de lucir estos falsos semblantes de extrema satisfacción que en muchos casos ocultan animadversión profunda, emplear un lenguaje más próximo y comprensible, no gritar tanto, abandonar el triunfalismo, dejar de glosar los pretendidos éxitos propios y olvidarse de los fracasos o herencias recibidas de la oposición y, sobre todo, no reunirse tanto. Quizá lo hacen igual —personalmente, no lo creo—, pero, según tengo entendido, en el Reino Unido y en la República Federal Alemana no son noticia habitual. Quizá porque los políticos de allí así lo desean y entienden que las medallas no se las deben poner ellos sino los electores. Y estas formas son, en principio, exponentes de mayor Calidad política. 

Hoy, de nuevo, nos olvidamos de la Excelencia. Quizá deberé empezar a considerar, al igual que sucedió con la Filosofía, erradicarla del título. 

Notas:
1 – Otro tanto, aunque en menor medida (también, Soraya, más bajita) se dio en el otro lado.
2 - impúdico, ca. (del lat. impudicus). adj. Sin pudor, sin recato (Diccionario RAE).

viernes, 28 de febrero de 2014

Democracia «digital» (II)

Quien nos iba a decir que en una semana nos encontraríamos en el Parlament català con un remake escenificado de la estupefaciente práctica digital denunciada por el —todavía entonces— miembro del Senado, Francisco Granados, configurando un hilarante episodio que viene a confirmar la superficialidad con que juegan con las cosas de comer nuestros representantes.   

El hecho puro y duro es que nueve de diecisiete diputados del PP (53%) se han hecho merecedores de anatema votando a favor del referéndum soberanista (algo así como si un musulmán votase a favor de llenar de estatuas las mezquitas). Y este hecho objetivo indiscutible nos da pie para unas elementales reflexiones, empezando por la causa raíz del desaguisado:

El «levantadedos» y los «apretadores»
 (el perro es el Reglamento del Partido)
Vistos los resultados, lo menos que se puede decir del sistema de codificación empleado por el «portavoz» del grupo, Enric Millo, para comunicarse con sus adláteres —ignoramos si es estándar o específico— es que debe serle difícil de practicar: un dedo significa , dos dedos No y tres dedos Abstención. Porque lo que sucedió es que levantó un solo dedo (1), con lo que los nueve diputados más aventajados respondieron automáticamente —quizá inconscientemente, como acto reflejo condicional— con una espasmódica pulsación del botón afirmativo, provocando la inmediata hilaridad de la cámara (no es para menos), run-run que provocó el también inmediato apercibimiento del «portavoz» —quizá tuvo que mirarse el solitario apéndice—, el cual corrigió el gesto levantando otro dedo, con lo que el resto de obedientes diputados —se ignora si se retrasaron por perplejidad o por lentitud de reflejos— pudieron pulsar el botón «PPcorrecto». 

Hasta aquí los hechos. Vayamos por las dudas existenciales que se nos plantean y las hipotéticas respuestas:

¿Por qué el «portavoz» levanta un dedo en lugar de dos?: a) artritis; b) no estar atento; c) hacer una broma pesada.

¿Por qué nueve diputados votan «contra natura»?: a) aceptación incondicional consciente de la disciplina esterilizadora; b) reflejo condicional inconsciente (también llamado «de Pavlov») disparado por el número de dedos; c) miopía o cataratas; d) dificultad de memorización o de interpretación del complicado código «digital»; e) creer buenamente que estaban votando otra cosa; f) estar distraídos con el «wasap» (o con las musarañas).

Y para acabar de tener sobre la mesa todos los ingredientes necesarios para (intentar) efectuar una valoración de lo sucedido, conviene recordar que no se estaba votando una resolución sobre las dimensiones de los alcorques autóctonos, sino la madre de todas las resoluciones, la que puede condicionar la vida futura de nuestra pequeña tribu, la bestia negra del PP.

Y aquí estamos, como espectadores pasivos del desaguisado, intentando valorar tanto su significado como su impacto sobre nuestra sensibilidad, por cierto, ya bastante inmunizada. En primer lugar, representa la chusca confirmación de una práctica que, a pesar de ser de aplicación generalizada, no deja de sorprendernos desagradablemente: «Llevo dos años apartado apretando un botón según los dedos que se levantan», denunciaba el senador —por cierto, anecdóticamente, también del PPFrancisco Granados. Y éste es el hecho capital: la ausencia de criterio propio, sustituido por una obediencia ciega a las directrices de un mal llamado «portavoz», en un juego perverso que, en lugar del cerebro, gira en torno a algo tan prosaico y elemental como simples movimientos de dedo.

No importa la causa real específica de esta bochornosa situación. Cualquiera de las apuntadas es inaceptable. Pero vamos a proceder a una reducción simplificadora, aplicable tanto al levantadedos como a los apretadores:

  • NO sabían lo que se votaba: Sin comentarios. En la empresa privada, ya estarían despedidos.
  • SÍ sabían lo que se votaba: Mucho peor. Los que votaron afirmativamente abjuraron sin pestañear de sus más íntimas convicciones, a menos, claro está, que su pertenencia a la clase política obedezca a intereses bastardos e inconfesables, cosa que, por supuesto, no descartamos.   

Resulta muy triste, que la votación, el acto democrático por excelencia, se haya reducido a una simple cuestión de dedos, acto que, con esta práctica, sería mucho más eficaz —de mayor Calidad, pues no habría equivocaciones— y eficiente —máxima Excelencia, por minimización del gasto— si prescindiéramos de la presencia física de los apretadores y le dejásemos esta importante responsabilidad al levantadedos (perdón: «portavoz»), con la condición de concentrarse en la difícil tarea y no apretar el botón equivocado.

Notas:
1 - Nos abstenemos voluntariamente de hacer referencia a la posible utilización del dedo medio. De hecho, no consta el protocolo oficial ni la especificación de los dedos a utilizar en según que ocasiones.

lunes, 24 de febrero de 2014

Apretar el botón, sólo apretar el botón

Éstos son los hechos:
  • El miércoles pasado, el diario El Mundo revela que el senador del PP y diputado por la Asamblea de Madrid, Francisco Granados, tenía una cuenta en Suiza a su nombre con 1.500.000 €, cuenta que, según las autoridades helvéticas, se mantenía operativa hasta las Navidades.
  • Inmediatamente, la oposición pide dimisiones y responsabilidades «políticas y judiciales», denuncia la «insoportable afición del PP por las cuentas suizas» y formula una pregunta parlamentaria sobre si se benefició de la amnistía fiscal, etc., etc.
  • En una entrevista radiofónica declara sentirse «dolido» y «harto de escuchar determinado tipo de comentarios», además de que él no tiene que «aferrarse» al escaño porque tiene un empleo en la empresa privada y que, debido a ello —no a la información sobre la cuenta en Suiza—, ya hacía tiempo que planeaba dejar el cargo.
  • Abundando en el tema, en una entrevista televisiva insinúa que dejará pronto la política. «Llevo dos años apartado apretando un botón según los dedos que se levantan», señalando que «vitalmente», la política «le merece muy poco la pena»«Me tendré que  plantear dedicarme a mi vida de siempre».
  • El jueves, Francisco Granados, antiguo broker de inversiones, ex-secretario general del PP y toda una figura en Valdemoro —concejal en 1995, alcalde en 1999 y hoy, todavía presidente del PP— anuncia que presentará mañana (viernes 21) su renuncia como diputado en la Asamblea de Madrid, decisión que le hará causar baja automática como senador, por serlo en representación autonómica.
  • ... (hasta ahora, silencio, no hay más reacciones).
Y éstas son mis conclusiones:

Me importa un bledo si ha tenido, tiene o deja de tener una cuenta en Suiza y, si existe o ha existido, tanto su cuantía como su origen, sea lícito o ilícito, así como la estupidez —impropia de un antiguo broker— que representa tenerla —si es así— a su nombre. Y me importa un bledo porque poco puedo hacer, más allá de esperar —que no confiar— que la Justicia lo sustancie, que es quien, a fin de cuentas, debe hacerlo.

También me importa un bledo que no tenga que «aferrarse» al escaño porque tenga la vida —se refiere a «su vida de siempre»— resuelta fuera de la política (1), carga de profundidad nada subliminal sobre el resto de la «clase política» que sigue «aferrada».

Lo que me resulta sorprendente es la ausencia total de reacciones, el sepulcral silencio que ha merecido la definición de su tarea senatorial sintetizada en la contundente frase «llevo dos años apartado apretando un botón según los dedos que se levantan», difundida a los cuatro vientos en una entrevista televisiva, silencio que contrasta con la inmediata reacción provocada por una «noticia» periodística que, a pesar de su más que probable veracidad, no está contrastada ni verificada.

Y además, se tronchan (observen sus pulgares: Granados
 los muestra, González los oculta)
Por lo visto, que un senador manifieste públicamente en televisión que su tarea se limita a actuar como una marioneta siguiendo las órdenes de «dedos que se levantan» no merece la más mínima reprobación, transmitiendo a los sufridores clientes políticos —nosotros—  el mensaje de que a) «el que calla otorga», no sea que les salga el tiro por la culata y se revuelva el gallinero; b) de que sus declaraciones son extrapolables a todos los senadores y c) que no hacen otra cosa que mirar dedos y apretar botones. Qué triste mensaje. No tienen —o quizá tienen demasiado— sentido del ridículo, ni del corporativismo ni de la mínima ejemplaridad exigible a cargos públicos de tanto raigambre: Senadores o miembros de la Cámara «Alta».

Hubiese preferido mil veces una crítica fundamentada a sus declaraciones —ya sé que es difícil— a la aceptación implícita de un Senado inoperante. Incluso la hubiese preferido a las automáticas, inmediatas, cansinas y recurrentes reacciones a que nos tienen acostumbrados ante hechos sin verificar, con el único objetivo —la búsqueda de la verdad es lo que menos importa— de castigar al adversario por los medios que sea.  

Quizá la clave esté en que no todos tienen —presuntamente— cuentas de 1.500.000 € en Suiza, pero sí todos «miran dedos» y «sólo aprietan botones». Espero que, con la práctica, lo hagan con gran Calidad y Excelencia. Sólo que la Política... no es esto, no es esto (mejor dicho, no lo debería ser).

Notas:
1 - Ésta es su vida —declarada— «dentro de la política», sin contar los emolumentos percibidos por su actividad en el Senado, en sus propias palabras: «apretando botones»:
http://www.senado.es/legis10/senadores/regbi/DBR_1228.pdf